«Subo ochomiles a mis 72 años, solo… ¡y no estoy loco!»

«Confirmado: El frío conserva». Carlos Soria, abulense, tapicero jubilado y alpinista hasta que le llegue la hora, sonríe al mirar un cartel promocional con su imagen y ese mensaje. Hoy cumple 72 años y parece que sí, que el frío conserva, y también la voluntad inquebrantable de ir superando metas casi sin ayuda. «En marzo me voy al Lhotse solo… bueno, con un sherpa de altura. Comparto el permiso para subir a la cumbre con otras expediciones».

El Lhotse ( 8.516 metros), la cuarta montaña más alta del mundo, es un balcón con vistas al Everest. Si consigue poner el pie en su cima solo le quedarán tres ochomiles (Dhaulagiri, Kanchenjunga y Annapurna) para lograr el pleno en una edad imposible, pulverizando todos los récords de longevidad. Cuando empezó a coleccionar colosos (Nanga Parbat, 1990), Soria ya tenía medio siglo a sus espaldas. Si todo va bien, cuando concluya tendrá casi 75 años.

Todo empezó a mediados de la década de 1950, época neolítica para el alpinismo español, de tipos duros, románticos y sin apenas medios. «Éramos un país tercermundista en muchos sentidos, también en el deporte. Y ahora vivimos una edad de oro». Carlos trepaba en Gredos y en la Sierra de Guadarrama; a veces tiraba para el norte, para los Picos de Europa, los Pirineos y los Alpes. Un día, en El Tranco, en La Pedriza madrileña, conoció a la que sería su mujer, María Cristina, que le invitó a vino caliente. Juntos han recorrido muchas montañas. Ahora, con cuatro hijas —también aficionadas al alpinismo— y cuatro nietos, le anima a seguir.

«Cuando está en casa mucho tiempo se pone insoportable», confiesa ella. «Tengo 72 años y subo ochomiles… ¡pero no estoy loco! Seguiré hasta que me aguanten las fuerzas. No haré el ridículo ni me suicidaré, eso por descontado», añade Soria. «Los alpinistas transmitimos una imagen de tragedia o de heroicidad que no se corresponde con la realidad. No somos héroes ni nos gusta jugar con la muerte. Cuando se produce una desgracia es, en la mayoría de los casos, por negligencia, por no haber mirado a tiempo hacia abajo. La renuncia en la montaña supone a veces una victoria».

En 1968 participó en una expedición pionera al Elbrus (5.642 metros), el techo de Europa, situado en el Cáucaso. Al mismo tiempo se producía la invasión soviética a Checoslovaquia. «Estuvimos tres días en Moscú. Nos trataron muy bien, quizás por el efecto de los niños que se exiliaron allí durante la Guerra Civil». Entonces no se le pasaba por la cabeza completar las Siete Cumbres, los picos más altos de cada continente. El año pasado, 42 años después del Elbrus, cerró el círculo con el Kilimanjaro.

Ahora quiere hacer lo propio con los ochomiles. Entrena a diario. Hace series en un cortafuegos que hay en el Telégrafo, un cerro que está junto a su casa, en Moralzarzal (Madrid). En unos días viaja a Noruega a escalar en hielo. «Mi interés ha sido más la dificultad técnica que coleccionar cumbres. Tomé esta decisión cuando hace tres años ascendí el Makalu de forma impecable. Me dije: ¿por qué no acabar el trabajo? Todo el mundo tiene derecho a disfrutar de esto, por eso no critico las expediciones comerciales, siempre que se hagan con rigor y sin mentiras. He usado oxígeno adicional en el Everest y el K2, pero acarreado por mí mismo. En estas aventuras he contado con poco apoyo y patrocinio», señala.

«La montaña no es solo la cumbre. Es el viaje, la gente que conoces, un amanecer. A veces disfruto más de un momento de respiro en una ladera, contemplando y fotografiando un paisaje único, que de la meta final». —¿Y qué es lo primero que piensa cuando holla la cima de un ochomil? —¡Que tengo que bajar de ahí cuanto antes!

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